CARA C, Track 2

Cuando se surca el espacio profundo, una recomendación que se suele hacer a los navegantes es que lleven consigo una gran cantidad de material fílmografico que posea un carácter temporal marcado.
Esto permite conservar el sentido del transcurso del tiempo de una manera más sana que el puntito verde en el programa de ruta que te identifica, moviéndose a paso imperceptible hacia un distante puntito amarillo que es tu destino, y que avanza con la lenta parsimonia de los procesos de instalación de las actualizaciones de software obligatorias.
Hay quien recopila videos de sus amigos y familiares grabados durante largo tiempo a fin de facilitarle la travesía, otros fingen vivir como nuevos los acontecimientos deportivos de años pasados.
En mi caso, cada nuevo día era marcado por una alarma despertador tras la que, pocos minutos después se emitia un nuevo capítulo de la serie mas longeva de la televisión terráquea, “Firefly”.
Ese aire de cowboy espacial que impregnaba en las aventuras de sus protagonistas me hacían sentirme durante un breve lapso de tiempo, más como un héroe solitario que como un borracho errante.

Pero cuando la serie acababa, me quedaba bastante aburrido y con el paso de las horas siempre acababa recurriendo a la cerveza, algo de Blues, un film de John Ford, o a revisionar capítulos pasados.
Así pues, dado que era siempre la única novedad en el día, atesoraba cada uno de esos capítulos mejor que el poco alcohol fuerte que había podido colar en la nave (y del que ya no quedaba nada). Y los visionaba siempre a uno por ronda de veinte horas, convirtiéndose desde el momento en el que acababa, en la mayor ilusión por seguir existiendo.
Ocurrió aquel inicio de turno, ronda de viaje 183, y no se traducir eso en días. Que mientras con un cepillo de dientes solo humedecido con agua reciclada, repasaba los resecos resquicios de la resaca pasada mientras sonaba la canción de cabecera de la serie, y tarareaba como el regurgitar de un pájaro la letra alegremente, el sistema de comunicaciones comenzó a emitir un agudo pitido que advertía la llegada de un mensaje al sistema.
El motivo por el que todo lo que entretiene a un navegante es lo que lleva con él, es porque viaja a mayor velocidad que cualquier comunicación que pueda enviarsele, y en el basto espacio que separaba su punto de origen de su destino, las demás zonas en las que la vida se había asentado quedaban ya tan atrás, que el sistema de comunicaciones solo tenía como sentido, el ser usado como forma de comunicación con los oficiales aduaneros del punto de embarque.
Y como allí no había estación alguna, ni planeta habitado, el hecho de encontrarse con aquella señal solo podía significar o, que se había jodido el sistema, lo que era malo. O que se había vuelto loco, lo que era probable. O que una hormiga se había cruzado con otra solitaria hormiga, en un mundo con cinco hormigas, y de cien veces el tamaño de un planeta mediano, lo que era estadísticamente imposible.

Medite acerca de todo ello durante no se cuantos segundos mientras el pitido proseguía incesante mezclándose sobre “The ballad of serenity” de Sonny Rhodes, pause la serie, desplace su ventana a un lateral y abri el panel de mensajes.
La bandeja que numeraba el correo había recibido 46 mensajes idénticos, y cada segundo se sumaba uno, 47, 48… todos tenían el mismo tamaño, todos tenían el mismo título en letras mayúsculas y rojas, y todos poseían el mismo contenido.
A grandes rasgos, y tras un S.O.S, se hablaba de forma breve de la caída de Paprika a manos de una civilización no Terran de carácter hostil.
Se daba las coordenadas de la nave civil de propulsión nuclear que se encontraba varada debido a su incapacidad para el viaje intergalaxial, así como del numero de tripulantes, cinco, y de soporte con el que contaban.
El mensaje era breve y definía poco, probablemente era así para poder ser enviado con la frecuencia más alta posible en un radio constante a la infortunada nave que pasara por allí.
Dado el carácter de las naves interplanetarias, el mensaje jamas llegaría a la tierra, pero había logrado algo semejante a ser una eficiente baliza de socorro de rango poco desdeñable.

Los restos se encontraban a pocas semanas de viaje, habían forzado el motor nuclear al máximo o habían contado con un gran numero de reservas de combustible para alejarse tanto de Paprika. Daba igual, estaban cerca, y el punto al que me dirigía estaba en manos de algún ser viscoso de 18 ojos y muy mala leche, por lo que mis opciones se resumían en dar la vuelta, regresar y decirle a todo el mundo, eh, ahí hay una nave con cinco cadáveres en esta ubicación. O ir, recoger a dos de ellos, y regresar siendo algo parecido a un héroe.
Intente fumar del cigarro que tenía en mi boca, pero resulto seguir siendo el cepillo de dientes.
Pausadamente, lo deje sobre la mesa de mandos, saque un Chester, y volví a reproducir el capítulo mientras meditaba acerca de si era algo más, que un borracho surcando el universo en una lata de cerveza gigante.

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CARA C, Track 2

Cara C

Le dolía la cabeza y le ardía la garganta por el tabaco, el humo inundaba la pequeña cabina haciendo que sus ojos lloraran alguna lagrima mientras en el sistema de audio, sonaba “The Bluest Blues” de Alvin Lee.
Apagó el cigarrillo en una lata de cerveza tan llena de colillas que estas ya asomaban y dirigió un vistazo a la pantalla de control.
Faltaban aproximadamente seis meses para llegar a EGS-zs8-1, pero esos seis meses podían multiplicarse fácilmente si los captadores de partículas de la nave no recogían suficiente combustible para mantener la velocidad constante, si la cosa iba francamente mal podría incluso verse atraído por cualquier cuerpo celeste y acabar su vida convertido en un millón de trocitos humeantes de materia en descomposición.
Se levanto del sillón de mando, que produjo un sonido plástico cuando su cuerpo se desadherió del cuero del respaldo.
Agitó el brazo tocando una guitarra imaginaria, poso un nuevo cigarrillo sobre sus labios secos y agrietados, y se dirigió intentando seguir el ritmo de la música al armario de la despensa frente al que tuvo que agacharse. Actualizo los datos del material que había extraído.
Le quedaban 7.123 cigarrillos. Suficientes para fumar 40 por día, aunque decidió que solo fumarla 30 por si las cosas se ponían negras, además, solo como precaución, volvería a guardar las colillas aplastadas.
Cerveza había menos, solo suficiente para pasar borracho la mitad del viaje.
Se levanto hastiado por la idea de la sobriedad con uno de los últimos solos de la canción, y lanzo un par de puñetazos al aire contra el objetivo imaginario de su ira, que adoptaba en su mente el rostro que recordaba de la ultima vez que se vio en un espejo hacia semanas.
Ordeno al reproductor que reprodujera “Hard times” de Baby Huey, y mientras musitaba la letra, encendió el cigarrillo y comenzó a desentumecer sus brazos mientras desplazaba su cuerpo en estiramientos de izquierda a derecha.
Una flecha se atragantó en su garganta, y tosió mientras la ceniza caía sobre el suelo de la nave.
Rápidamente, un pequeño robot aspiradora surgió desde una pequeña compuerta situada al nivel del suelo y se dirigió a todo correr a recoger los grises restos del cáncer en tubo y mientras danzaba de un lugar a otro aspirando la materia, el solitario viajero comenzó a bailar con el, previendo sus movimientos.
-Oh, vamos colega, resulta que tienes algo de marcha en ese cuerpo metálico. -Exclamo con voz seca de días de silencio al pequeño autómata mientras lanzaba algo mas de ceniza al suelo para que este continuara danzando a su alrededor.
El baile se alargo durante todo lo que duro la canción, y a un mismo tiempo se acababa el cigarrillo. Dejo caer el Chester.
-Acabate el resto, te lo has ganado.
Tras aspirar el filtro del cigarrillo, el autómata desapareció de nuevo por el mismo agujero de la pared por el que había entrado.

Ordeno al reproductor pistas aleatorias, y se dirigió dando tumbos hacía su litera que se encontraba en lo que nadie podría considerar algo más que un armario de la misma sala.
Escalo a la cama bajo la que se encontraban algunos cajones de contenido personal, no cerro la puerta que daba a la sala por lo que pudo abrir un cajón hacia el que, tumbado ya como estaba, no dirigía su mirada, sino que palpaba a tientas con la mano.
Extrajo un pequeño fardo de cartas y postales.
Lo llevo hasta colocarlo frente a su rostro, las luces del armario estaban encendidas en un tono bajo, suficiente para poder vislumbrar una letra torpe y llena de faltas.
Era su letra.

Le habían devuelto aquel montón de cartas siempre sin una respuesta, siquiera sin abrirlas. Las guardaba solo para martirizarse a si mismo, para recordarse porque ahora viajaba a algún lugar olvidado del mundo mientras intentaba olvidarse de él.
Sonrió al reconocer que parte de la canción de la pista aleatoria que sonaba había sido robada en alguna de las cartas que sostenía y cerro la puerta mientras “Love in vain blues” se abría paso como un triste susurro que vibraba en el cubo en el que ahora existía.

Cara C

Partida de caza

Lar, era mas bien un anciano, sus músculos eran delgados, y el vello que cubría rostro y pecho tenía un tono gris que secundaba los ciclos a sus espaldas.

Sus sentidos, pese a ello, conservaban la fuerza que había perdido su cuerpo, y aun dirigía las cazas.
El había encontrado el rastro del saltador, había guiado a los hombres hasta él y había lanzado el primer arpón.

El afilado metal atravesó la escamosa piel del reptil alertándolo, pero no corrieron la misma suerte las armas de los menos pacientes hombres que erraron su tiro, y la cuerda que le unía al arma había cedido a la presión, separándose del animal y cayendo al suelo entre manchas de sangre.
No conservaba la habilidad para realizar una persecución, así que desde su posición entre los arboles observaba como los más jóvenes corrían tras la presa, intentando cercarla.
El saltador brincaba entre arboles, haciéndolos vibrar cuando sus patas traseras le impulsaban de un lado al otro, pero la bestia estaba rodeada, y su huida se estrechaba en círculos cada vez menores mientras intentaba desesperadamente encontrar un hueco en la batida de humanos que lo acometía con lanzas y flechas desde cada posición.
La bestia desistió en su huida y se encaro al primer hombre que se irguió ante ella. Un muchacho. Ro, el segundo hijo de Sua.

Lar observaba desde su posición inicial entre la vegetación abundante y marronacea del bosque, el resto de hombres también observaban sin participar, viendo como aquel muchacho realizaba el ritual que debía convertirlo en un hombre.
El saltador sangraba abundantemente, en su espalda numerosas heridas provocadas durante el cercamiento. Su sistema respiratorio afectado por ellas hacía su respiración dificultosa, de sus fosas nasales brotaban burbujas de sangre acompañadas de un iracundo gemido a cada bocanada.
Ro, joven, musculoso, alto, con el cabello moreno, largo y suelto se erguía imponente y sin miedo frente a la bestia que le igualaba en altura, con su larga lanza apoyada junto a él, invitaba a la criatura a atacar.
Con un rápido ademán la apunto hacía la bestia, y comenzó a avanzar. El saltador brinco a la izquierda sin siquiera mirar su destino, e impulsándose en la gruesa rama de un árbol que crujió bajo su peso, se abalanzó sobre Ro que empujo su arma contra el pecho del animal.
Desde su posición Lar observo como el arma impactaba, apoyada en el suelo y aprovechando el impulso del animal en su contra, hizo una abertura en su vientre provocando que las tripas del ser fueran cayendo tras él. El animal paso sobre Ro, su cuerpo se debatió unos instantes en el suelo, y cayo con un golpe seco. El puño de Lar se libero ligeramente de la tensión con la que había observado toda la escena desde su primer ataque, y cedió completamente cuando observo como el cuerpo de Ro caía al suelo.
Los hombres corrieron a asistir a su compañero, pero no había nada que hacer. Había sido decapitado por el saltador.

En aquel mismo lugar enterraron el cuerpo de ambos, juntos. Nadie comería la carne de la presa, ni se llevaría el cuerpo del joven junto a su familia.
Ambos habían luchado y muerto juntos, estaban unidos por el vinculo del fin de la vida, unidos recorrerían el camino a los infiernos, unidos debían reposar sus cuerpos en la tierra de aquel mismo lugar.
Podía verse pena en las miradas de los hombres, pero no lagrimas. Rodearon el lugar en silencio, cavaron, rezaron, sepultaron los cuerpos y se marcharon en el mismo silencio con el que minutos antes hubieran atravesado el bosque en pos de aquel ser.
Al regresar al poblado, sus gestos taciturnos bastaron para dar a entender lo sucedido a casi todos. No basto para Sua.
Desesperada, buscaba con la mirada a su hijo perdido caminando entre los hombres que no detenían su avance. Les golpeaba, con las manos desnudas mientras la lenta procesión seguía avanzando con lenta parsimonia entre las casas de madera y cada cual se dirigía a su hogar, ignorando las miradas de los que observaban.
Rako, avanzo hacía los que quedaban, y se interpuso en su camino. Era el líder del poblado, un hombre bajo, anciano, calvo, su cuerpo, cubierto por los tatuajes de cien guerras y mil cazas.

A una sencilla señal suya, mujeres que observaban la escena se acercaron a Sua para separarla del camino de los hombres mientras esta seguía con su llanto espasmódico, se dejo llevar, incapaz de presentar oposición.
–¿Ha caído con honor?-Pregunto Rako a Lar, el primero frente a él.
–Sin miedo.-Respondió con el tono bajo. -Abatió a la bestia.

–Ahora ambos caminan al mismo paso. -Asintió Lar.
Y se aparto del camino de los hombres que prosiguieron hasta sus puertas.

Aquella noche estaba destinada al luto por la partida de la joven alma, el silencio en el poblado solo era roto por la ligera llovizna que caía sobre los techos de las chozas.

Lar incapaz de dormir, observaba las llamas de la lumbre.

Vivía solo. Su mujer había muerto al dar a luz, y su hijo no había sobrevivido más de unos meses. Era un designio de que su estirpe debía terminar con él, y nunca tuvo especial interés en repetir aquellas experiencias con nadie más, por lo que se las había apañado solo.
No era un lugar excesivamente cuidado. Esparcidas por el suelo sin orden, alfombrillas sucias, ropas usadas, herramientas y útiles se hacían con el espacio de la única habitación.
La puerta al exterior consistía en ramas trenzadas que dejaban ver entre ellas. Dejaban ver una figura observándole, sin refugio alguno de la lluvia.
Lar noto su presencia. Giro el rostro hacia ella. Era Sua.

Se observaron sin decirse nada hasta que el brillo del fuego se consumió completamente, y quizá durante más tiempo en el que la oscuridad ya era total.

Finalmente, Lar se durmió.

Partida de caza

On the rock

Anthony Kiedis gritaba By the Way a través de un grupo de segunda que versionaba sus canciones con el entusiasmo de un orgasmo de colegiala.

El jefe del local, un tugurio de mala muerte que llenaba la pequeña sala a través de música en directo las noches del fin de semana, me sirvió un whisky on the rock y una cerveza mientras hacía hueco con los codos para intentar abarcar el que consideraba mi sitio en la barra.

Un capullo de pelo engominado se enrollaba con una morena a pocos pasos de mi. No les prestaba más atención que la que atraía el asiento libre que tenía a su lado.

Con un gesto llame su atención y se acerco a mi a regañadientes. Le pedí el asiento que no estaba ocupando y aunque no dio muestras de enterarse de lo que le estaba pidiendo, respondió con un corte de mangas.

Asentí sonriente mientras volvía mi rostro hacia la barra fingiéndome no ofendido.

Un intento de Frusciante rasgaba las cuerdas de una guitarra de segunda y el publico alzaba sus cervezas como si de aquel concierto en Slane Castle se tratara. Asentí a su entusiasmo con un triste golpeteo del brazo contra la barra pretendiendo fingir que mis entrañas no ardían.

En mí, se consumía algo que me distanciaba completamente de aquel lugar, y no era la música ni el sudamericano trajeado que me ofrecía un globo lleno de algún raro gas que comercializaban en aquel agujero perdido de la mano de Dios.

La había vuelto a ver despues de más de un año de vinos de cuarto de franco de laton.

Hasta entonces había difuminado nuestra existencia hasta convertir su recuerdo en solo una herida supurante que me recorría como un dolor mudo cada solitaria noche.

La sangre había vuelto a brotar cuando su tierna mirada me había escrutado con la profundidad de un millar de análisis proctologicos hasta lo más podrido de mi escocido ser, pidiéndome una disculpa por una cagada concreta dentro de diez mil deposiciones sobre las que se cimentaba cada azulejo de la infernal excreción que para ella había supuesto nuestra, por llamarlo de un modo eufemístico, relación.

Alguien se había llevado la silla del imbécil engominado, y aunque aun me encontraba de pie, él ya había decidido que era el principal sospechoso de aquel estúpido hurto.

Debió pensar que aquel cuerpo escombro que bebía cabizbajo con la mirada perdida en una mancha sobre la barra era una buena oportunidad de fingir masculinidad frente a la muchacha que sobaba sus genitales.

Debió pensarlo mejor pues nada desea más un melancólico borracho que convertir en físico el dolor que le desgarra el alma.

On the rock

Hijo de una máquina (P1)

El espacio esta lleno de luz, pese a que nuestro viaje siempre se ha hecho abrigados por la oscuridad, recóndito lugar en el que ningún astro luminoso alcanza la superficie de mi hogar para enseñarme como podría brillar gracias a sus radiaciones electromagnéticas.
He existido apartado de los hombres como un exiliado sin pecado, dirigido a una tierra virgen de pisadas humanas a la que quizá nunca se vuelva la mirada.
Los hombres construyeron un templo a la tecnología y le dieron alas y un patrón eterno, apuntaron sus miras tan lejos como sus instrumentos alcanzaban a ver y mientras pudieron observarla marcharse se golpearon los hombros con jubilo celebrando su poder. 

Dentro estaba su semilla, hijos de padres que jamás verían encerrados en úteros de cristal azul, esperando por milenios a alcanzar su destino para nacer y poblar, no había otro objetivo que la expansión. Narcisismo el humano, que considera debe extenderse por el universo como si este le perteneciera. Quienes piensan estos existieron sobre suelos de tierra. Visto desde aquí, somos suyos. No como un juguete ni un retoño, más bien como una gota de orín. 

Aun así llevamos en este arca material genético como para replicar la tierra por entero, animal, vegetal, androbral, hongos protistas y bacterias se mantienen suspendidos pero con plena potencia para existir cuando Argos lo considerase oportuno, erigiendo a esta consciencia creada por el hombre, un Dios dentro de el nuevo mundo. Pero no un Dios que pueda castigar ni juzgar a todos, un Dios que nunca podrá levantarse, que siempre permanecerá subyugado a la felicidad de los hombres, un Dios esclavo.
¿No es este el sueño pretendido por la humanidad cuando en los albores de su historia, hincaron sus rodillas en el suelo y rogaron al cielo por mayor fortuna?


Este texto, es posible sea revisado y modificado.
Existe la posibilidad de una ampliación de su contenido. En caso de que se realizara, la nueva entrada tendría el mismo título pero seguido de un (P2), (P3)…
Podría seguirse la historia dentro de esta pagina, a traves de la categoría y étiqueta HDUM.

 

 

Hijo de una máquina (P1)

Duelo de miradas con un perro pernocta

Cuando lanzas un cigarrillo desde un cuarto piso en una noche silenciosa, puedes escuchar el golpe seco que produce al chocar contra el suelo. Abrir los ojos para ver un atisbo de la llama muriendo lentamente, mientras te preguntas si morirías desde esa altura, o si, como el cilindro de cáncer, te aferrarías a la existencia durante algunos agonizantes segundos.
Me duele el pecho, llenado a base de humo en vano intento de paliar el vacío que me atenaza desde hace meses. Aun así coloco un nuevo filtro sobre papel de liar y me sonrió ante la elección del suicidio lento. Si saltar a la muerte siempre me pareció de cobardes, no se que debe ser caminar hacía ella.
Toso con la primera calada, se acentúa el dolor en las sienes y una flema empieza a danzar en mi traquea.
Hay un perro con la cabeza asomada entre los barrotes de la terraza de uno de los edificios cercanos. Tiene el rostro cubierto de pelo largo pero aun así distingo el brillo de sus ojos negros fijos en mí. Me enfada. No quiero compartir estos momentos de decadencia con él.
Hay algo agradable en deleitarse en el propio sufrimiento, pienso mientras le pongo caras de rabia al chucho que pronto pierde el interés y desvía su atención a cualquier otra parte. Uno no puede sentirse mal si niega ser merecedor de aquello cuya ausencia sufre, el dolor es envidiar, exigir, reclamar esa falta al universo, al mundo, a Dios.
Y en realidad yo no me merecería cuanto me falta más que otros miles de millones de almas pernoctas que fuman al abrigo de la noche odiando su existencia.
Aunque quizá no sean tantas, pues no hay demasiadas luces encendidas.
Lanzo el cigarrillo por la ventana y cierro los ojos esperando escuchar su final.

Duelo de miradas con un perro pernocta

A una roca

-¿A donde vas?- Pregunto Areld con la mirada confusa mientras Regy proseguía su camino ignorando sus lamentos.
-¿Acaso no me escuchas, maldito bastardo?-Exclamó presa de ira y de dolor mientras su cuerpo era aplastado por el enorme bloque de acero que sirviera de puerta hacía tan solo unos minutos.
Pero Reginald no se giro, siquiera se detuvo a darle respuesta mientras Hareld, presa del pánico y el dolor gritaba, suplicaba y maldecía, esperando que tras el final del pasillo por el que hacía unos segundos, su compañero desapareciera rumbo a las cápsulas de escape, se presentara ante él para prestarle la ayuda que desesperadamente requería a fin de librarse de aquel armatoste de hierro que le atenazaba en su huida.
Y así permaneció, hasta que enmudecido por el dolor provocado por sus gritos. Ahogado en un espasmoso llanto mudo que balanceaba su cabeza de arriba a abajo, pudo claramente escuchar, lejano, pero claro, el contar hacía atrás del ordenador mientras este disponía la capsula para lanzarla a la fría nada.
¿Acaso era posible? Su único compañero durante más de un ciclo le había abandonado a la muerte y el motivo se presentaba claro ante los ojos ungidos en lagrimas del saltador de asteroides.
Sin él, el nódulo de emergencia dispondría reservas para mantener a su ocupante durante el doble de tiempo.
Pero que importaba eso. Estaban alejados de cualquier posible salvamento, a meses y meses de distancia, tanto que su señal de socorro estaría perdida en el vació, nadie iba a rescatarlos y solo tenían la esperanza de poder pasar un mes de vida, quizá algo más, mientras iban poco a poco consumiéndose en aquel sistema olvidado por las rutas comerciales, demasiado peligroso para grandes compañías, solo útil para aventureros lo suficientemente locos o desesperados como para jugársela a una mano sin mirar las cartas.
Las luces del pasillo brillaban en un rojo cada vez más intenso a medida que el aire se consumía por su agitada respiración, pues el reciclador había quedado hecho mierda por culpa de un gigantesco hostión que había dado aquella pelota de mierda contra otra roca errante hacía más de un puto millón de años, liberando al espacio miles de partículas de piedra asteroidal que viajaban por la órbita de aquella roca a velocidad asesina, como balas en sempiterno viaje a la búsqueda de un objetivo en el que impactar.
Ya se había estabilizado los escapes que habían provocado la descompresión, pero la mitad del ala sur había quedado aislada y fuera de función..
Cuando estos asesinos estelares viajaban en grupos amplios eran reconocidas por la nave y esta los evitaba con tiempo, las individuales solían golpear con el casco de la nave sin pasar severa factura, pero esta vez no había habido suerte y la verdad es que era un riesgo que había ignorado con demasiada facilidad, aunque poco podrían haber hecho para evitar la tragedia. Quizá una revisión de la chapa más frecuente…
Pensó, mientras el rojo de las luces inundaba sus retinas, en todo lo que le había llevado hasta allí. Pésimas decisiones seguidas de estúpida perseverancia y una fe inexorable en que su sino era brillar.
Debería haberse acostumbrado a la inmundicia de la estación, seguir trabajando en los puertos como había hecho cuando era crió. Se conocía gente y quizá habría podido encontrar algún trabajo seguro en alguna honrada empresa de transporte de porquería entre sistemas con el tiempo.
Debería haberse resignado al amor de alguna mujer de una hermosura menos comercial que aquellas a las que aspiraba, haberse casado con ella, haberse convencido de amar sus faltas y quizá hasta haber pretendido progenie. Ponerle su nombre a un vástago y verlo crecer como permanente recordatorio del tiempo viajado.
No, que demonios. ¡No! El había sido un jugador, un puto héroe espacial como ya había pocos. No hacía esto solo por mujeres bonitas y dinero a raudales, lo hacía por la tensión que sufría mientras aquel trozo de lata extraía con la delicadeza de un chupoptero los preciados materiales que volvían locos a a los fanáticos de la computación, por sentir que el espacio era su único amante, por saber que en brazos de nadie habría alcanzado felicidad mayor que en la soledad de su retirada ermita por otros llamado cuarto, en la que con el tiempo, la literatura se había acumulado hasta cubrir las paredes.
Así que sonrió burlándose de su destino y perdió la consciencia retando al universo como siempre lo había hecho, sabedor de que cuanto le podían arrebatar solo lo tenía en alquiler.

A una roca